martes, 24 de junio de 2014
Piñones, en San Juan
“El día de
la Ascensión cuajan la almendra y el piñón, y el día de San Juan acaban de
cuajar”, dice el refranero.
Asegura Miguel Jordán en su “Diccionario de
gastronomía y salud” que los piñones estaban en la dieta de las legiones
romanas, como elemento reconstituyente, que pueden comerse crudos o tostados,
formando parte de un relleno de carne o verduras, majados con ajo y perejil, o
molidos como parte integrante de una salsa italiana del pesto, con albahaca
fresca, o formando parte de un buen turrón.
Todavía hoy,
en Alba de Tormes, se hace un turrón con piñones de forma artesanal en
Navidades, seguramente por influencia árabe o judía ya que musulmanes o hebreos
serán los grandes divulgadores de la cocina y repostería de los frutos secos,
como se comprueba hoy, por ejemplo, en el Norte de África o en comunidades
judías.
Sin los
piñones sería impensable nuestra morcilla clásica o el piñonate o guirlache,
morcilla y guirlache ya mencionados en la literatura del siglo de oro: Baltasar del Alcázar, el poeta más
gastronómico de nuestro Siglo de oro escribió un poema titulado “La cena jocosa”
en el que exclama:
“Qué llena
está de piñones
-morcilla de
cortesanos-
Asada por
esas manos
Hechas a
cebar lechones.
Y en una
obra de Lope de Vega, “La villana de
Getafe”, uno de los personajes dice venir de Getafe de comprar “vizcochos,
calabazate, almíbar y piñonate”.
Los piñones
forman parte de la cocina y la repostería, pero también en algún momento de
hambruna debieron ser, como las castañas o las bellotas, la materia prima para
hacer harina y con ella tortas de pan.
En América
sucedió así, hay todo un relato legendario sobre este asunto e incluso el poeta
Pablo Neruda en una oda a la “Araucaria
araucana” escribe: antaño fue cuando sobre los indios se abrió el colosal
puñado de tu puño, y dejó sobre la madre tierra los piñones: harina, pan
silvestre del indomable arauco.
Son algunas
referencias literarias de los piñones, pero hay otras, por ejemplo Góngora tiene una copla de su poema “En
los pinares de Júcar” que dice “Serranas de Cuenca/ iban al pinar/ unas, por
piñones/ y otras por bailar…
Y hay un
personaje infantil que se llama “Doña Piñones”, creación de Mari Luz Uribe e
ilustraciones de Fernando Krahn.
Y libro
imprescindible es el de Néstor Luján
“Como piñones mondados”, una obra de consulta obligada para aquellos que
quieran conocer la trastienda literaria de algunos alimentos. Imprescindible.
Un título que hace referencia a un dicho clásico que viene a decir que quieres
lo que quiere la mona, piñones mondados, o sea, lo que te gusta.
lunes, 19 de mayo de 2014
Cerveza: en los orígenes de la escritura
La fórmula de la cerveza, la receta más antigua del
mundo, se talla en una estela de arcilla, nos recuerda Frank Kelly Rich en su libro “El borracho moderno”. De este modo,
la cerveza, está presente en los orígenes de la escritura, como lo está en la
serie “Los Simpson”, en todo partido de rugby que se precie o en numerosas
películas, incluida la última de James
Bond, algo impensable hasta ese momento.
En la historia del mundo en seis tragos”, su autor, Tom Standage, asegura que “no se conoce
exactamente cuándo se elaboró la primera cerveza, pero no antes del 10000 AC,
aunque estaba extendida en Oriente Próximo hacia el 4000 AC”. Para entonces, la
cerveza tenía diosa, Ninkasi y no
pocos egipcios estaban a punto de convertirla en su bebida oficial, hasta el
punto de que en el 2200 AC alguien dejó escrito “la boca de un hombre
perfectamente satisfecho está llena de cerveza”.
Ese hombre podía ser nuestro Carlos V, gran introductor de la cerveza en España y quizá por ello
que fuese una bebida denostada.
España, dice Néstor Luján en su libro “El ritual del aperitivo”: “no tenía
tradición cervecera o si la tenía, la tenía más bien deleznable y muy
denostada”.
Y hay testimonio de ello. Lope de Vega en su “Pobreza no es vileza” pone en boca de un
personaje:
“Voy a probar la cerveza/ a falta de español vino; aunque con
mejores ganas/ tomara una purga yo/ pues pienso la orinó/ algún rocín con tercianas”.
Quizá tenga razón Luján cuando asegura que el siglo
XX representa el siglo de la cerveza en España, cuando en otros lugares del
mundo llevaba siglos. Incluso tenía sus mitos, como Gambrinus, que engañó al diablo ganándole la apuesta al conseguir
hacer un vino sin uvas.
La cerveza está en Shakepeare o Baudelaire,
también en Ernesto Cardenal, que
comienza uno de sus poemas:
“como latas de cerveza vacías y colillas/ de
cigarros apagados, han sido mis días”.
Naturalmente Charles Bukowsky la bebió, escribió de ella y le dedicó el poema
“Cerveza”:
“No sé cuántas botellas de cerveza/ consumí mientras esperaba/ que
las cosas mejoraran./ No sé cuánto vino, whisky/ y cerveza/principalmente cerveza/ consumí después/ de haber roto con una mujer/ esperando que el teléfono sonara….La radio pasa canciones de amor/ mientras el teléfono permanece en silencio/ y las paredes se ciernen/ y cerveza es todo lo que hay”.
La cerveza está en el “Ulises” de James Joyce, con aquella cervecera de
cerveza negra en la que hasta las ratas bebían: “beben hasta que se les hincha
la barriga tanto como a un collie flotando. Borrachas como cubas de cerveza
negra”. También en la etílica “Secretos de alcoba de los grandes chefs”, de Irvine Welsh y naturalmente en la
novela negra “Más cerveza”, de Jacok Arjouni, creador del detective Kemal Kayankaya. Más cerveza reclamaba John Belushi en “Desmadre a la
americana”.
A la cerveza la ha citado Joaquín Sabina en “Donde habita el olvido” o “Peor para el sol”. Y
el legendario Frank Zappa llegó a
decir que “no se puede tener un país de verdad sin una cerveza propia y una
aerolínea”.
jueves, 15 de mayo de 2014
El huevo es mucho huevo
El huevo es
mucho huevo.
Lo decía Roger Wolfe: “hay más misterio en un
huevo—por ejemplo—friéndose en aceite, que en todas las leyendas y todos los
cuentos de hadas del universo”.
Algunos
tenemos esa sensación al ver a la vieja friendo huevos, de Velázquez, o los derretidos y surrealistas huevos fritos de Dalí, mientras recordamos aquello de Picasso:
Huevos fritos con sus pimientos/ sus
tomates y sus cebollas y / papas y encajes de caldero/ cubierto de amapolas.
Quizá el
misterio del huevo provenga del hecho de representar para los cristianos la
resurrección o para los hindúes el mismo universo: la cáscara es la tierra, la
membrana el aire, la clara el agua y la yema el fuego: los cuatro elementos.
Patricia Suárez escribió un poema titulado “hervir
un huevo” y tras explicar el proceso proclama:
Si te dicen que no sabes hervir un huevo,
no cocines, no te alarmes, no armes un escándalo;
has salvado una casi
alma del naufragio
La importancia del huevo la vio también el gran
gastrónomo Graymond de la Reyniere al
proclamar que “el huevo es a la cocina lo que los artículos al discurso”.
El huevo es
perfecto en su forma y quizá por ello el escultor Constantini Brancosi pasó sus últimos días acariciando uno de
mármol.
Con la forma
del huevo se ha representado siempre al personaje infantil inglés Humpty
Dumpty, convertido en Zanco Panco en “Alicia tras el espejo”, de Lewis Carrol, que inspiró, entre otras
cosas, un tema musical de Chick Corea
y un capítulo de House.
Fritos,
cocidos, pasados por agua, rebozados, picados, estrellados, revueltos… el huevo
está detrás de la mahonesa y la bechamel, da sentido a las monas de Pascua, es
la esencia de las tortillas y de la repostería de escuela. Y están desde el
principio en nuestros recetarios y nuestra literatura: Lope de Vega, en una de sus cartas, escribe que leyó unos versos
con unos anteojos de Cervantes que
parecían huevos estrellados, pero también dejó escrito a su dulce Estela: “ni
los peces de plata en los garitos./ Como tú me pareces, dulce Estela/ con esos
ojos como huevos fritos/ y bien guisados hongos en cazuela”
Nuestro refranero
se hace eco del huevo en mil y una sentencias. Mi favorita. Ésta: el huevo, de
hoy. El pan, de un día y el vino, de un año. A todos hacen provecho, y a ninguno
daño.
El huevo es
mucho huevo. En el libro “Filosofía en la cocina”, su autora, Francesca Rigotti recuerda que gracias
a la magia de su simetría y a su forma quintaesencial, el huevo se ha utilizado
desde la época del neolítico como símbolo de la transformación del caos en
cosmo.
En fin,
luego llegó el otro y dijo aquello de manda huevos.
No dejen de
leer en “Sopa de Kafka”, de Mark Crick,
la receta de los huevos al estragón relatada al modo de Paul Auster, y en su defecto releer el cuento de la gallina de los
huevos de oro, ni recordar a Dumas,
cuando en 1848 pidió huevos pasados por agua y le preguntaron si un par de
huevos de fraile o un par de huevos de seglar, y al pedir aclaración le
respondieron que los dos de fraile eran tres y el par de seglar, dos, a lo que
Dumas respondió que los frailes en España eran unos seres privilegiados.
jueves, 8 de mayo de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








