lunes, 1 de julio de 2013

Estrellas de verano: las frutas

Resulta inevitable no comenzar por la manzana cualquier referencia a la fruta y la literatura. La manzana bíblica, origen de todas nuestras desgracias, aunque luego, en forma de sidra o tarta, nos haya dado grandes satisfacciones.
                 “Roja manzana y traslado/ de vuestra boca y mejillas/ y de estas verdes orillas/ agraz verdoso y morado”, escribió en el siglo XVII Luís Quiñones de Benavente.

En tiempos más próximos, Gioconda Belli escribió
                  “déjame rodar manzanas/ en tu sexo,/ néctares de mango/ carne de fresas: Tu cuerpo son todas las frutas”.

La fruta ha inspirado a los poetas más que a nadie.

Federico García Lorca exclamó tajante: “¡Quién fuera como tú, fruta/ toda pasión sobre el campo!”
No desaprovecharon los poetas la oportunidad de ver en las frutas metáforas y fuente de inspiración.
Y así, Miguel Hernández, echando mano del frutero escribió:
                  “uvas, granadas, dátiles,/ doradas, rojas, rojas/ Hierbabuena del alma,/ Azafrán de los poros/ uvas como tu frente,/ uvas como tus ojos”.

Hay una fruta de la pasión y una pasión por la fruta en los escritores que roza cualquier límite imaginable. A veces por una fruta en concreto, como la que tenía Marc Antoine de Girard por el melón, que ponía por encima de todo. 
         “ni los besos de una amante…ni la fresca con su nata”.

En el caso de Elías Nandino, era la pera:
         “cómo quisiera beberme/ el aroma de tu carne”.

Metáforas, decíamos: en el caso del melocotón, por ejemplo, su piel siempre ha sido un recurso para evocar la suavidad. Pero menos mal que nuestro Jorge Padrón también se acordó de su carne –“delicia del verano”—y colocó al melocotón como referencia del verano, como el membrillo lo es del otoño.
La sandía también tiene su estación en el verano y algún que otro poeta ha puesto su mirada en ella, por ejemplo, Pablo Neruda, que le dedicó una oda en la que la describe como
         “¡cofre de agua, plácida/ reina/ de la frutería”.

Otra fruta de referencia es la naranja, que inspiró versos muy sugerentes a Mercedes Saorí:
         “cogemos la naranja, la vida, en nuestra mano/ mirando la hermosura de su esfera,/ y la sed nos asalta como un rojo verano/ y el deseo como una primavera”.
         
 También Neruda le dedicó a la manzana una oda, y muchos siglos atrás nuestro Lope de Vega, un soneto a las naranjas.

Pero la fruta inspiró no solo a poetas: ahí están el plátano de Andy Warhol, para la Velvet Undergorund, o las cerezas de Pachá. También inspiró los maravillosos tocados de Carmen Miranda. Dibujos animados, como los “Frutis”. No digamos ya bodegones en todo tiempo. También canciones inmortales como el famoso Tutti Frutti, de Little Richards, o el Fruta fresca, de Carlos Vives, incluso moda.
         El refranero, en todo tiempo, también supo poner su mirada en la fruta. Desde el popular “la naranja y la granada, antes que nada” al sugerente “el melón en ayunas, es oro/ al mediodía, plata/ y por la noche, mata”.
         Muy interesante es también tomar los tratados de viejos dietistas para descubrir que la fruta no siempre fue bien considerada en la Edad Media o el Renacimiento; cuando se proclamaba; por ejempl que “Usar la fruta solo para recreo
, impide la conservación de la sanidad”. Sobre este asunto, nada como leerse el curioso libro de Juan Cruz Cruz “Dietética natural”.
         Hoy prima todo lo contrario, según el refranero:
         “Con fruta y verdura, la vida perdura”.
         Igual que sabemos que no debemos pedirle peras al olmo, para no caernos de un guindo, igual que sabemos que los males, como las cerezas: detrás de una, cincuenta.

         El verano es, sin duda, la estación de las frutas. Buena oportunidad para leer el maravilloso “Cinco cuartos de naranja”, de Joanne Harris, por ejemplo. Todo un clásico y por lo tanto, siempre de moda, mientras se disfruta de un zumo, un pastel de frutas, una macedonia, una sopa de frutas, un té helado con naranja, un helado de fresa, unas fresas con nata, un batido de plátano y coco, uvas y queso o peras con vino.

sábado, 22 de junio de 2013

Moda y gastronomia

El museo de art decó y noveau "Casa Lis" de Salamanca me acoge esta noche, víspera de San Juan, para hablar de Gastronomía y Moda, dentro del programa puesto en marcha por el Museo denominado "Moda y museo". Sin entrar en la metafísica que puede inspirar a un cocinero a encontrar a sus musas en un diseñador de moda, y viceversa, la cita será, sobre todo, un divertimento y una disculpa para hablar, por ejemplo, de cómo la moda ha irrumpido a la hora del té en el hotel Berkeley, de Londres o el Mo, del Mansarin Oriental de Sanghai antes de hablar de delantales y vestuario profesional de la cocina, el vínculo entre la patata y la moda, el inspirador pecho de María Antonieta, la difusión del vodka a través del famoso cócktail de James Bond, lo que nos llevará a tres iconos: las cerezas de Pachá, y el plátano y bote de sopa de Campbell, de Warhol. Es preciso visitar experiencias celebradas en pasarelas y estudios de fotografía y arte sobre la relación, antes de entrar en el delirante asunto de la moda comestible. El asunto da para mucho, no entrará todo, pero habrá que intentarlo.

Adelante con el cangrejo

Nuestros ríos y arroyos han visto pasar, ir y venir, cangrejos de rio americanos e italianos, que se mezclaban o expulsaban a los nuestros, aquellos cuyos caparazones se hicieron fósiles que alertaron a nuestros arqueólogos de que los cangrejos de río estaban en la dieta de nuestros antepasados hace muchos, muchos años.
Pero los cangrejos fueron algo más que alimento.
Gayo Plinio Secundo en su “Historia Natura” afirma que el cangrejo es un excelente contraveneno contra la araña “falangio”, pero también contra la picada del escorpión, para lo cual era preciso machacar los cangrejos y mezclarlos con leche de burra, de cabra o de cualquier otra especie. Esos mismos cangrejos machacados y mezclados con albahaca mataban a los escorpiones.
Plinio fue más lejos al señalarlos como un excelente remedio contra las úlceras bucales.
Y en su “Geopónica”, Casiano Baso, aseguraba que la pinza del cangrejo era un excelente amuleto contra el ataque del jabalí.
Paladio, Africano y Demócrito recomendaron el agua que había contenido cangrejos durante varios días como sanadora de tierras y cultivos.
Ninguno puso su mirada en el carácter culinario de nuestros cangrejos, cosa que sí hizo mucho tiempo después nada menos que Cervantes en su “Rinconete y Cortadillo”, dando por hecho de que los cangrejos estaban en la alimentación del Siglo de Oro, como todo aquello que tuviera aspecto de comestible. Al fin y al cabo, la mejor salsa del mundo es el hambre.
El cangrejo estuvo en la dieta medieval y renancentista, y quizás de esos tiempos viene su empleo en la heráldica, en algunos casos para señalar la presencia de un río en un territorio.
También el cangrejo está en los sueños, y simboliza la inestabilidad.
El cangrejo, como símbolo, evoca al verano, el tiempo de cáncer, cangrejo.
Hay un año chino del cangrejo, y un libro de Rubén Ríos Ávila que se titula “El año del cangrejo”.
Pensar en la inmortalidad del cangrejo es tener el pensamiento en algo intrascendente o evadir la mente.
Se puede ir hacia atrás, como los cangrejos, detalle que ya aparece en el “Hamlet” de Shakespeare, lo que evoca aquella definición del gastrónomo Ángel Muro que decía que el cangrejo es un pez encarnado que anda hacia atrás, que ni es pez, ni encarnado ni anda hacia atrás. Decía, también, que se conocen seis especies: dos europeas, tres americanas y una africana. Considerados de gran utilidad en la cocina, “están muy indicados en la alimentación de los enfermos” y son un “apetitoso manjar, apreciadísimo muy particularmente por las señoras”, indica en su legendario “Practicón”.
El cangrejo, de río y de cocina, también ha encontrado su hueco en la poesía. Por ejemplo, en la de Rubén Darío: “el peludo cangrejo tiene espinas de rosa/ y los moluscos reminiscencias de mujer”. O en Lorca, cuando en su “Poeta en Nueva York” escribe: “Desván donde el polvo viejo congrega estufa y musgo/ cajas que guardan silencio de cangrejos devorados”.

Devorar cangrejos. La prueba de que están bien guisados es que uno no puede parar de chupar, sorber, masticar la cola, mojar el pan en la salsa… El cangrejo de río bien hecho produce gula y nos hace olvidar que el cangrejo enviado por Hera ayudó a Heracles a terminar con la Hidra, con final desastroso, pero gran presencia en las representaciones mitológicas, incluido el mundo de las constelaciones.
 

lunes, 20 de mayo de 2013

Chocolate, un excitante viaje


Canto las armas y el varón famoso
Que primero le trujo a nuestra España.
Sea Cristóbal de Colón glorioso,
Sea Cortés autor desta hazaña:
Su nombre se celebre en numeroso
Verso que la nación extraña.
            Estos versos, entre otros, escribió Castro de Torres, un entusiasta del chocolate, donde deja cuenta que primero Colón y luego Cortés introdujeron desde México el chocolate, que después extendieron por Europa las mujeres de los reyes franceses Luís XII y Luís XIV. Para entonces, las damas españolas ya disfrutaban del chocolate especiado en secreto confiando en sus dotes afrodisiacas, según la leyenda que adornaba a Moctezuma. Él y los suyos habían recibido de los dioses esta maravilla.
            “Ambrosía de los dioses”, le llamó Foucauld en La Sorbona, templo de la sabiduría. Pero también tentación para el pecado de la gula, a la que sucumbe el cura de “Chocolat”, de Joanne Harris, atraído por las maravillas de “La Praline”. Su protagonista hace bueno aquel dicho que asegura que:
            “El chocolate excelente
            Para que cause placer
            Cuatro cosas debe ser:
            Espeso, dulce, caliente
            Y de mano de mujer
           
            Y parece que el chocolate y la mujer tienen una relación especial. Nadie como Joanne Harris ha exaltado el gusto por él en sus novelas, y nadie como Giaconda Belli ha escrito en versos sensaciones relacionadas con el chocolate:
            “Comiendo chocolate pienso en tu piel a mordiscos”.
            Con sexo y Chocolate termina la novela de James Runcie “El secreto del chocolate”. Hay emoción a raudales en medio de la turbulenta historia moderna de Europa en la minimalista y bella “Sabor a chocolate”, de José Carlos Carmona. ¡Cómo ignorar la bellísima “Como agua para chocolate”, de Laura Esquivel, donde se aclara que estar como agua para chocolate es estar a punto de explotar de rabia o pasión. Hay mucha pasión en los relatos recogidos por Kay Allenbaugh “Chocolate para el alma de mujer”.
            ¡Qué mujer no ha visto sus defensas desplomarse ante una caja de chocolate!, dice Isabel Allende en su “Afrodita” respondiendo a la pregunta de si el chocolate es o no afrodisiaco.
            Quizá en ello resida su éxito en la corte española, pero también fuera de ella, que llevó a María de Zayas a asegurar que el chocolate “en todo se halla, como la mala ventura” o dicho de otra forma “el chocolate en Madrid, se usa como el tabaco”.
            El mismo chocolate que provocó una polémica eclesiástica sobre si rompía o no el ayuno en Cuaresma, hasta que terció el P. Escobar afirmando que “aunque espeso, era líquido”.
            A la taza, en bombón, en sorbete, acompañando platos de caza, en helado, el tableta, untado en pan, en tarta, salpicando magdalenas y bollos, en caramelos… El chocolate forma parte de la gastronomía como de nuestra vida y nuestra historia, aunque mexicano en su orige. Un viaje maravilloso que comenzó centenares de años antes de Cristo en la profunda Sudamérica y alcanzó su cénit en Viena con la exquisita tarta sacher, de Franz Sacher, por ejemplo.
            ¿Alguien imagina nuestra vida sin chocolate o sin haber leído el fantástico cuento “Chalie y la fábrica de chocolates”?
            Volvemos a Gioconda Belli para recordar su “Placer de chocolate”
                 “Un cuadrado oscuro de chocolate
tiene para los dientes
el mismo efecto sensual
que el lodo en los pies traviesos de la niñez”

sábado, 4 de mayo de 2013

Cervantes, el más jamonero


El jamón es una ilusión, un Chanel nº 5, un deseo, una perversión, una señora ligera de cascos”, dice José Manuel Vilabella en su libro “Delirios gastronómicos”.
Una ilusión, la que tuvieron tantos a lo largo de la hambrienta historia de España de ver colgado un jamón en su cocina, como Juan Pérez Zúñiga, en su “Cocina cómica” cuando en su poema “Mi despensa” la describe con: …una escarpia sujeta en el techo,/ y pendiente del techo un cordón/ con un gancho torcido y mal hecho/ del cual debiera colgar un jamón”. Eso es, debiera colgar un jamón.
Todo extranjero que se adentrara en la España del Siglo de Oro debiera viajar con un jamón o el hueso de este como pasaporte que certificara que no era ni morisco ni judío, y así hay que interpretarlo en El Quijote cuando los peregrinos alemanes esparcen por el suelo pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso y huesos mondos de jamón, o cuando aquel extranjero de “El coloquio de los perros” se saca un pedazo de jamón famoso. Cervantes, el más jamonero de todo nuestro Siglo de Oro vuelve al jamón en su entremés “El casamiento engañoso” cuando cita “si la convalecencia la sufre, unas lonchas de jamón de Rute, nos harán la salva”.
Como no podía ser menos, nuestro Quevedo también se rendía a los encantos del jamón, incluso en el baño: “yo me voy a nadar con un morcón/ queso, cecina, salchichón y pan: / que por comer más rancio que no Adán/ dejo la fruta y muerdo el jamón”.
A pesar del sudor y la dureza, del descampado manchego, nuestra Penélope Cruz desprende aroma a Chanel nº 5 en “Jamón, jamón”, película de Bigas Lunas, recién fallecido, uno de los grandes devotos del jamón, que hizo de esta película una metáfora de la lucha de clases y del propio país. Hay jamón y Chanel nº 5 en “Un jamón del calibre 45”, de Carlos Salem, y en un jamón cortado con la precisión de un cocinero japonés y colocado en un plato templado para que sude. Sólo entonces podremos evocar aquel refrán que dice “allí se me ponga el sol, donde me den de cenar vino y jamón”.
Jamón que los romanos empleaban para abrir el apetito, para abrir boca, como aperitivo, sostiene Néstor Luján. De alguna manera el jamón es invento de ellos: aparece en los recetarios y los escritos de Marcial y Estrabón, y la etimología también nos pone en la pista: la palabra jamón procede del francés jambon, formada a partir de jambe, o sea, pierna, del latín camba. Y según Corominas está entre nosotros desde 1335, probablemente en un cancionero de la época, haciendo perder los sentidos a muchos, como al poeta gastrónomo Baltasar del Alcázar quien proclamaba que el jamón, la bella Inés y las berenjenas con queso le tenían preso el corazón. En verso, también, citó al jamón Lope de Vega en aquel clásico “jamón presunto del español marrano/ de la Sierra famosa de Aracena…” presunto, entonces, era lo mismo que curado.
También intercambiaron jamones, vinos y versos Nicolás Guillén y Rafael Alberti… “Hay vino, Nicolás, y por si fuera/ poco para esta nalga de porcino…. Tan buen jamón de carnal cochino”.  Versos que evocan el curioso libro de Julián Baggini “El cerdo que quería ser jamón”, quizá como una perversión o ilusión.
Terminemos con Vilabella y sus delirios: el jamón entra en nuestras vidas en obleas transparentes, en lonchas finísimas y olorosas que esparcen sus aromas eróticos por los pisos de ochenta metros cuadrados…(el jamón) es como la trufa y el caviar, como la hebra del azafrán; hay que hablar de briznas, de pizcas, de presencias sutiles, de lejanías”.




miércoles, 1 de mayo de 2013

Del torrezno y sus letras


Si algo encumbró a nuestro torrezno eso fue la literatura del Siglo de Oro, aquella época que hizo de los torreznos y aguardiente desayuno común. Pero también inmortalizó los famosos 
duelos y quebrantos, sobre los que corren ríos de tinta. Dejémoslo en que eran huevos revueltos, chorizo y tocino, tal y como los disfrutó en La Mancha Mariana de Austria, esposa de Felipe V, o el mismo Cervantes, que inmortalizó en su Quijote esos “duelos con quebrantos”, al igual que los torreznos a palo seco, cuando nos describe a “Sanchica cortando un torrezno para empedrarlo con huevos” .
No sabemos cuánto entró el torrezno en nuestra lengua, pero sí qué era en 1611 cuando Sebastián de Covarrubias describe al torrezno como el pedazo de la lunada o pernil que asamos y que decimos “a torrendo” porque se tuesta y se assa en el fuego a diferencia de lo demás del tocino, que se guisa o cuece en la olla. Maravillosa descripción si la comparamos con la escueta de nuestros días: “trozos de tocino fritos o a la brasa”. Con el añadido etimológico de que proviene de “torrar o tostar al fuego hasta que toma color”.
Volvamos a nuestra literatura dorada, que encumbró al torrezno desde el Lazarillo a Lope: “Sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos de torreznos y longaniza”, se dice en el Lazarillo. Quevedo, siempre con su inquina hacia los judíos reclamaba: “Denme a las mañanas un gentil torrezno que friendo llame a los cristianos viejos”, mientras su enemigo, Góngora, también echó mano del torrezno a pesar de las habladurías que le tachaban de judío, cuando escribe sobre la marcha de su señor el conde a Nápoles: “en vuestra ausencia, en el puchero mío/ será un torrezno la Alba entre las coles”. Lope, nuestro glotón de las letras, hizo gloria del torrezno entre ellas en “Las bizarrías de Belisa”: “almorzábamos unos torreznos, con sus duelos y quebrantos”. Su colega, Tirso, Tirso de Molina, en “La elección por la virtud”, proclama “buena cholla tiene el viejo, cuando escapa del torrezno o de la olla”. Y Calderón, otro de nuestros genios, en “La niña de Gómez Arias”, pone en boca de uno de los personajes la siguiente queja: “como no me dan gota de vino, ni he visto torrezno en cuanto tiempo ha, señor, que te sirvo, y no puede haber holgura donde no hay vino y tocino.
Más allá de nuestros clásicos, Valentín de Céspedes, en “Trece por docena” apunta “yo me consideraba en el palenque con el torrezno y con la sopa”.
Cela, Camilo José Cela, tan amigo de los excesos, también inmortalizó al torrezno entre sus letras cuando en “Los papeles de Son Armandans”  escribe “Al abad y al judío, dales el huevo y pedirán el torrezno y el tozuelo”.  El exquisito Alonso Zamora Vicente, en su “A traque barraque” recordaba las chicas de su tiempo llenitas, llenitas, porque se comía como Dios manda: torreznos, huevos fritos, manteca, cocido… Ay, los huevos fritos con tocino, a los que Azorín, con permiso de los cervantistas, también llevó a su prosa los duelos con quebrantos pero para criticar a Cervantes: ¿Acaso en alguna casa manchega o levantina se podrá comer a mediodía, a las doce en punto, por toda comida, fritura de huevos con tocino?
Dejémoslo aquí por ahora, para que no se nos altere más el colesterol.

sábado, 6 de abril de 2013

Lunes de Aguas y hornazos

Bienvenidos al Lunes de Aguas salmantino, una de la grandes citas festeras y gastronómicas de la capital salmantina y parte de su provincia. Un día marcado por la leyenda y los hornazos, así que vayamos por partes, como diría Jack, el Destripador.

Lunes de Aguas, octava del Lunes de Pascua y lunes que sigue al Domingo de Albillo. Llamado “de Aguas” quizá por algún ritual relacionado con éstas como el que se celebra en Alaraz donde los mozos bailan a su Cristo metidos en las aguas del río Gamo. Pero está descartado que tales “aguas” tengan que ver con el ritual del regreso en barcas de las putas que trabajaban en la Casa de las Mancebía remontando desde Tejares la corriente del Tormes, como hemos dibujado en el imaginario colectivo de la capital salmantina, sin que tengamos fe documental de que fuese así. Que dejaban de oficiar en Cuaresma está comprobado: se las retiraba de la circulación en tales fechas como a los poetas, buscones y demás “peligros sociales” por decreto, en el caso salmantino por ordenanzas municipales. Que se celebrara su regreso, es posible que así fuese por los más fieles, estudiantes o no, pero pensemos en el poder que en ese momento tenía la Iglesia y cómo se las gastaba para andar jugando con fuego abiertamente: no seamos ingenuos.
Así pues, tenemos el Lunes de Aguas, con carácter religioso cristiano, seguramente tras haberse superpuesto a algún ritual pagano relacionado con el agua. No sería ninguna novedad, en este sentido. De esta celebración tenemos constancia, por ejemplo, en el diario del estudiante en Salamanca Girolamo de Sommaia, en el que escribe el 18 de abril de 1605 “di di pasar las aguas”, lo mismo que reseña el 3 de abril del año siguiente, y lo mismo que el 23 de abril de 1607, pero añadiendo “che chiamado lunedi del Casimodo”.
Y tenemos el regreso de las prostitutas a la Casa de la Mancebía, que existe en Salamanca desde 1497 cuando se concede su gestión primero a Juan de Albarrategui y después a Juan Arias Maldonado; que se edifica entre el Puente Romano y el Teso de la Feria; que se rige por severas normas y cuya vida termina con un incendio y nuevas normas que disuelven estas instituciones en toda España, dictadas por Felipe IV en 1623, en el caso de Salamanca se cerró en 1630. Aquella Casa que recibe el calificativo de “mesón del infierno” en el Licenciado Vidriera o de “tiendas de carne” en la Tía Fingida, existir, existió. Nadie lo duda. Y que en esta fecha regresaban a ella después del retiro o paro forzado, está probado también, y esto forma parte del calendario de tradiciones salmantinas.
Y luego está lo del hornazo, que en la provincia se viene comiendo desde el sábado de Gloria y lo que te rondaré morena. Se trataba en su origen de una masa de harina con huevos que se cocía todo junto y se entregaba de ofrenda al sacerdote que había predicado la Cuaresma el Domingo de Resurrección. Y aquel “hornazo” es lo que en algunos puntos de España se llaman monas y siguen siendo aquello mismo: masa y huevo. En el caso de Salamanca es una empanada, barroca y contundente con todo aquello que no podía comerse en la Cuaresma. Pero pongamos las cosas en su sitio.

El Hornazo.


Sostiene el Diccionario de la Real Academia de la Lengua que la palabra hornazo procede del latín fornaceus y significa rosca o torta guarnecida de huevos que se cuecen juntamente con ella al horno y también agasajo que en los lugares hacían los vecinos al predicador que habían tenido en la cuaresma, el día de Pascua, después del sermón de gracia.
 En 1611, en el Tesoro de la Lengua Castellana y Española, de Sebastián de Covarribuas, dice que es la rosca con huevos que se solía dar por Pascua de Flores.
El asunto puede sorprender a los salmantinos --y no sólo--porque por Salamanca el hornazo es una especie de empanada rellena de embutidos y en algún caso huevo, tradicional del Domingo de Resurrección, Lunes de Pascua y en su octava, Lunes de Aguas, pero también, excepcionalmente, en algunas fiestas y localidades. De hecho, en la actualidad, el hornazo se hace y ofrece todos los días del año en pastelerías y hornos para meriendas, tapa en los bares y recuerdo turístico. Efímero, eso sí, porque en cuanto se abre es visto y no visto.
Pero los hornazos no sólo están en los diccionarios, también en la literatura. Lope de Vega (cómo no) en su Peribáñez y el comendador de Ocaña escribe: "No hay pies con zapatos nuevos/ como agrandan tus amores;/ eres, entre mil mancebos,/ hornazo en Pascua de Flores/ con sus picos y sus huevos".
Otro dramaturgo, Tirso de Molina, en "Tanto es lo de más como lo de menos" escribe este diálogo entre dos personajes: ¿Qué parecen valonas que adornan calvas? A lo que le responde otro: "Los hornazos de güevos, que dan por Pascua".
Y es que en los siglos XVI y XVII solía decirse aquello de "Pascua de flores, tiempo de hornazos". Y hasta tenemos un refrán que señala que "año derechero, las castañas al sol y el hornazo al humero".
Lo cierto es que no en todas partes el hornazo es como el salmantino. Más bien se asemeja mucho a lo que conocemos como mona de Pascua, que se describe así en el Diccionario de la Academia de la Lengua de 1783: "torta o rosca que se cuece en el horno con huevos puestos en ella con cáscaras por Pascua de Flores, que en otras partes llaman hornazo".
Torta o rosca, así es, y así se recoge en el libro La verdadera poesía castellana de Julio Cejador: "Y en viendo sus embarazos/ pensé traía en brazos/ muchas roscas de hornazos/ que por Pascua solen haber".
Y qué pinta el huevo en todo esto. Quizá aclare su vínculo con la Pascua esto que puede leerse en el Diccionario de Símbolos y Mitos, de J.A, Pérez-Rioja: la forma en la que el polluelo sale del cascarón sugiere, en el cristianismo, que el huevo sea considerado como un símbolo de la esperanza y la resurrección. El huevo, insiste, el huevo de Pascua, sugiere la idea del despertar de la naturaleza.
Francesca Rigotti en su "Filosofía en la cocina" señala que es una vieja idea que la vida y hasta el universo salió de un huevo. Quizá por ello, vemos estos días tantos huevos de chocolate y llamativos colores en las pastelerías, o a los niños de algunos pueblos decorarlos y echarlos a rodar por la ladera de una colina, a pedirlos por las casas para la merienda de Resurrección y Pascua, como ofrenda...
El huevo está presente en el altar y la mesa de los judíos y los cristianos. Y es un tema inagotable.
Volvamos a los hornazos para encontrarnos con el maestro Julio Caro Baroja, que en su libro Ritos y mitos equívocos, señala que "En Castilla y otras partes de España al pan o torta o rosca con huevos que se regala a los niños o al predicador después del sermón de gracias, el día de Pascua, se denomina mona y hornazo...Y añade que su origen hay que buscarlo en la antigüedad pagana, es probable que la fiesta de San Marcos, con su aire extraño, agrícola, pueda dar la clava de ellos mejor que la Pascua" Y apunto que el hornazo, como la mona, que proviene del árabe munnia, obsequio, eran una ofrenda, pero ¿a quién o a qué? 
En Salamanca, no todos los hornazos son iguales, por ahora. El serrano solía ser una bolsa de masa en la que dentro se metían chorizo, tocino y huevos sin trocear, el huevo, incluso, cocido y sin pelar. El otros puntos la masa se asemeja más a la del pan, incluso se especia con anís o azafrán, pero todos ellos tienen en común la masa y la carne, como señal clara de la liberación cuaresmal.

EPÍLOGO

Cuál es la esencia de esta fecha DEL LUNES DE AGUAS: sin duda la del reencuentro con la naturaleza. La que ha estado encorsetada por las normas cuaresmales y la que ha brotado con la primavera. Y de aquí la salida al campo, y la merienda de lo prohibido y la celebración de lo carnal en todos los sentidos, como una liberación.

Este lunes, además, es el Día del Trago en La Alberca, con protagonismo para los escancianos, que son los que se han casado en el último año.  En Alaraz, como he señalado. En Buenamadre hay vigilia, ofrendas a la Virgen en la ermita de los Remedios y merienda. En Villoria es la fiesta del Voto, con procesión de Santa Bárbara.  En Endrinal se festeja a la Virgen del Mensegal y se toma sangría y hornazo. En Los Santos es la romería de la Virgen del Gozo, con subasta, y en Linares la del Buen Suceso, en la que no faltan los hornazos, y en La Orbada la de la Encarnación o en Yecla de Yeltes la de la Virgen del Castillo, donde las jóvenes ofrecen roscas o bollas adornadas.